"Entonces Dios el Señor expulsó al ser humano del jardín del Edén..." (Genesis 3:23 - NVI)
Ellos vivían en completa libertad dentro del jardín del Edén. Lo único que no podían hacer era comer del fruto del árbol del bien y del mal. Una simple y sencilla condición que ellos no supieron cumplir. Cometieron serios errores que los llevaron a sufrir graves consecuencias. Primero, dieron oído a la voz del enemigo. Segundo, no prestaron atención a la voz de Dios y olvidaron Sus palabras. Tercero, fijaron su mirada en aquello que Dios había prohibido y lo comieron.
De la misma forma, hoy en día, muchos de nosotros nos deleitamos en oír la voz del enemigo. Nos insta a pecar diciéndonos cuán injusto Dios es al prohibirnos esto o lo otro. Por ejemplo, nos pudiera decir que tener una relación amorosa fuera del matrimonio es deseable y placentera. Nos pudiera instar a pecar convenciéndonos de que Dios no comprende nuestras necesidades de amor y satisfacción sexual. Tristemente, no hemos prestado suficiente atención a la Palabra de Dios y nos dejamos engañar. Ignoramos lo que Dios ha dicho y establecido para nuestro bien. Nos enredamos en una relación extramarital que por un instante es excitante y emocionante. Fijamos nuestros ojos en los ojos, el cuerpo, el carácter, la belleza, lo interesante de la otra persona y es así como finalmente pecamos.
Adán y Eva fueron castigados severamente. Cada uno de ellos recibió el justo pago por sus acciones y decisiones equivocadas. Pero sin duda que lo peor de todo fue haber sido expulsados de la misma presencia de Dios. En el jardín del Edén, día tras día, Adán y Eva se encontraban con Dios. Conversaban con El. Paseaban por el jardín con El. Pero todo eso lo cambiaron por un breve instante de placer egoísta.

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